Rosácea & sensibilidad, ¿¡Qué es primero, el huevo o la gallina!? 1

Rosácea & sensibilidad, ¿¡Qué es primero, el huevo o la gallina!?

Rosácea & sensibilidad, ¿¡Qué es primero, el huevo o la gallina!?

Si estás leyendo este artículo, muy probablemente padezcas rosácea. Crees que sabes lo que es, en qué consiste y cuál es el origen del problema. Es posible que creas que tu piel sensible es la causa primera. Pero ¿¡qué pasaría si te dijera que no es así!? La sensibilidad cutánea es inherente a la rosácea, sí, pero no es el punto de partida, sino consecuencia de la enfermedad. Como podrás imaginar, esto cambia por completo el modo de entender y abordar la rosácea. Si te quedas conmigo, te lo explico. Ya sabes que es una enfermedad compleja. Seguro que hay momentos en los que desesperas porque, por más que te apliques en el cuidado de tu piel, ella está empeñada en no responder. Lo cierto es que la rosácea que no se trata, tiende a cronificar. Esto significa que, sin el enfoque adecuado, es una enfermedad que se instala en tu piel como un ocupa cada vez más difícil de desahuciar. Los brotes, con el tiempo, tienden a intensificarse y a hacerse más frecuentes. Y entonces te metes, sin saber cómo, en el bucle sin salida en el que, puede, que te encuentres ahora.

En el origen, está la grasa

Pero vayamos por partes. Lo primero, es entender cuál es la chispa que enciende la hoguera o mejor dicho, que incendia tu piel y dispara tus flushings. En la base, abajo del todo, hay un problema de sobreproducción sebácea. Sí, todo empieza con la grasa.

El sebo es una sustancia que secretamos de forma natural y que, por tanto, no es mala por definición. Cabe presumir que si el cuerpo, en toda su sofisticación y sabiduría, nos ha dotado de él, será porque resulta tan útil como necesario. Efectivamente, así es. La grasa nos permite regular nuestra temperatura corporal y ayuda a mantener lubricada nuestra piel.

Cuando por algún motivo, nuestras glándulas sebáceas empiezan a calentar motores y aumentan la producción de grasa, hablamos de hiperfunción sebácea. Y ya sabes, en esta vida, <<más vale poco y bueno que mucho y malo>>. Así, con este refrán, empieza mi relato sobre la trágica historia de una piel con rosácea.

La grasa producida, que en los casos de rosácea tiene una consistencia fluida, debe ser drenada para que no colapse el conducto piloso-sebáceo. Cuando esto ocurre y el sebo llega a la superficie cutánea, se dispersa e irrita la piel. Irrita porque en su composición, la grasa del paciente con rosácea, cuenta con una menor cantidad de los lípidos que se necesitan para garantizar la estabilidad de la función barrera de la piel. De ahí que esta se encuentre más vulnerable a estímulos que, para otras pieles, son inocuos. Este fenómeno no se produce, sin embargo, en los casos de acné, en los que la grasa se caracteriza por ser mucho más densa y, por lo tanto, más oclusiva.

En este punto, lo que tú percibes es una sensación de irritación y una inflamación difusa, es decir, generalizada. ¿¡Dónde se localiza mayoritariamente esta rojez!? Sobre todo, en la zona de la frente, la nariz y las mejillas. Es ahí donde más y mayores glándulas sebáceas tenemos.

Hace años, la palabra exfoliación aparecía siempre entrecomillada. Había cierto miedo a pautarla a diario porque se creía que un abuso de esta técnica, podría irritar y dañar la piel. Ahora se sabe que, usando el producto o procedimiento adecuado, la exfoliación frecuente es una de las mejores herramientas para unificar el tono, mejorar la textura cutánea y en definitiva, rejuvenecer la piel del rostro.

Productos o técnicas con acción exfoliante hay muchas. No solo existen los cosméticos con partículas físicas que actúan por fricción. No, también existen los exfoliantes enzimáticos, que producen una reacción química, los retinoides, alfahidroxiácidos, despigmentantes y algunos antioxidantes, todos ellos con capacidad exfoliante secundaria a su función principal. Pero…

La proliferación de un ácaro llamado Demodex

La cosa podría quedarse aquí, si no fuera porque esa grasa diseminada como un tsunami, altera no solo la apariencia de la piel sino su composición. De pronto se dispara la población de un pequeño ácaro llamado Demodex folliculorumEl parásito en cuestión, feo como él solo, vive de forma habitual en nuestra piel. Cuando la colonia se dispara, también aumenta la sensación de irritación inicial de la que hablábamos.

Para entenderlo, tendríamos que hacernos con un microscopio y mirar al Sr. Demodex a los ojos. Así veríamos lo cómodo que vive anidado a nuestros folículos piloso-sebáceos, los mismos que sirven para drenar la grasa fabricada por nuestras glándulas sebáceas. Casualidades de la vida, al bicho en cuestión le encanta comer sebo. Con lo que es fácil deducir que, a más grasa, más gusanitos proliferan. Por eso, las pieles en las que se dan los dos condicionantes (aumento sustancial de los niveles de sebo más la característica fluida e irritante del mismo), suelen desarrollar Demodecidosis. Es cierto que esta enfermedad cutánea no siempre tiene porqué estar asociada a la rosácea, pero sí es muy frecuente en su contexto.

Sigamos conociendo al simpático gusanito. La verdad es que, aunque tiene cara de pocos amigos, lo que más debe preocuparnos son sus patitas. Sí, las tiene a razón de cuatro pares distribuidas a lo largo del cuerpo. Cada una de esas patas termina en una garra diminuta que el Demodex utiliza para desplazarsePor eso, cada movimiento que realiza, erosiona la capa más superficial de la piel. Un solo ácaro podría ser inofensivo. Dos también, pero ¿¡qué ocurre cuando son miles!? Pues que, por volumen, terminan causando una nueva agresión a la piel.

¡Venga! ya tenemos servidos los dos primeros factores de la rosácea. En este punto es donde empieza a picarte la piel y una rojez permanente te delata. Resulta que el Demodex, que no se había quedado satisfecho del todo, al crecer, deja a la vista (vista de experto, claro está) su colita. ¡Piénsalo!, él se halla tan a gusto instalado en tu folículo piloso-sebáceo, boca abajo y dándose un festín de grasa. De manera que las colas, imagínate muchas, centenares, miles; hacen que la piel presente pequeñas espículas blanquinosas que son perceptibles a la vista y ¡ojo!, también al tacto. La piel resultante tiene una textura irregular y rugosa muy característica de la rosácea.

La alteración de la función barrera de la piel

¡Recapitulemos!, tenemos: Una colección de poros sobredimensionados, irritación y daño textural. ¡Venga!, que ya empezamos a vislumbrar el cuadro completo. Justo en este punto, introducimos otro factor, de los más importantes a decir verdad, que explican con visión panóptica un cuadro de rosácea. ¿¡Sabías que el exceso de grasa desencadena la deshidratación de tu piel!? Aunque parezca contradictorio, pocas verdades más absolutas podrá contarte un dermatólogo.

Esto es así porque la acumulación de grasa termina alterando la función barrera. ¿¡Qué, que no sabes de qué hablo!? La función barrera es, en esencia, el conjunto de mecanismos que la piel pone en marcha de forma automática para mantenerse hidratada, tolerante y sana. En efecto, la piel puede auto-mantenerse. Entre otras cosas es capaz de retener por sí misma la cantidad de agua que necesita para estar hidratada. Cuando la grasa se disemina y el Demodex se multiplica como si se tratara del <>, las células cutáneas optan por declararse en huelga.  Por eso, cuando ya todo está del revés, se produce lo que llamamos fuga transepidérmica. La piel deja de retener el agua y, en consecuencia, se deshidrata.

La deshidratación implica sequedad, descamación y un plus extra de irritación. En este punto es cuando todos los factores se alían para convertir a tu piel en sensible e intolerante. La sensibilidad cutánea es, en muchos casos, adquirida. En el caso de la rosácea es evidente que la suma de todos los factores mencionados, lleva inevitablemente a la sensibilidad cutánea. Y también al aumento de la demanda vascular.

El aumento de la demanda vascular

El proceso inflamatorio de la piel hace que esta requiera de más flujo sanguíneo, lo que termina ensanchando los vasos. Los capilares tienden a hacerse más visibles y aparecen esas arañas vasculares tan típicas de la rosácea. Otra vez, coincide la localización de las telangiectasias con las zonas con mayor número de glándulas sebáceas. Aquí no hay nada casual.

Al final de esta serie de <<catastróficas desdichas>> irrumpe en escena ese rubor repentino e involuntario que, nada tiene que ver con la vergüenza, y que hace que tu cara parezca literalmente un tomate. Hablamos del flushing. Lo peor es que estos subidones de color y calor, pueden agravarse con casi cualquier cosa (cambios bruscos de temperatura, ingesta de alcohol o comida picante, etc.). Cuando eso pasa, te sientes observada, delatada, descubierta… Realmente son muy incómodos y traicioneros.

Ahora ya podemos decir que tenemos un boceto súper claro de la rosácea y de las causas subyacentes de la irritación, el enrojecimiento, la deshidratación, el daño textural con aumento del tamaño del poro, la demodecidosis con sus espículas blancas, la sensación de picazón y ardor y la aparición del daño vascular. Todo ello es lo que convierte a la piel con rosácea en una piel sensible e intolerante.

Al final, llega la sensibilidad cutánea

Lo ves, ¿¡no!? La sensibilidad está al final del cuento, no forma parte del <<había una vez>> sino más bien del <<colorín colorado>>. Bueno, no, el final del cuento es el principio de un tratamiento certero. Para llegar a él es imprescindible que desoigas todas las voces pesimistas que te hablan de la rosácea y que escuches la de quien más sabe de la piel, que señores y señoras, es el dermatólogo. En los casos de rosácea, no se pueden ver los síntomas por separado, sino como parte de un conjunto de factores desencadenantes que trabajan en equipo con el objetivo de desbarajustar tu piel. Por eso el tratamiento debe ser combinado y estar enfocado a reequilibrar tu piel.

Hay que seborregular, controlar la población de Demodex, reparar la función barrera y reducir la demanda vascular. Con todo ello, el fuego se apagará. Eso sí, voy a serte muy sincera, la rosácea estará ahí, latente. Controlarla y minimizarla es nuestro objetivo. Y tú, que la padeces, debes estar atenta para actuar a la más mínima señal de alarma. Terminarás conociendo tus brotes y sabiendo cuándo debes pedir ayudaMi misión, como la de todos los que divulgamos sobre esta enfermedad, es dotarte del conocimiento necesario para saber leer a tu piel e interpretarla correctamente.

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